Los invisibles y el estigma
Aquella noche, Andrés no había conciliado el sueño. Las sombras de la madrugada le envolvían con pensamientos oscuros, de esos que pesan más cuando la ciudad duerme. Poco antes de las siete, exhausto y derrotado por el insomnio, se asomó al balcón del séptimo piso. El aire frío del invierno le acarició el rostro mientras encendía con manos temblorosas un cigarro. Dio una calada lenta, contemplando el horizonte donde el sol, tímido, apenas lograba despuntar tras los tejados grises.
Entonces ocurrió. Un frenazo estruendoso rasgó el silencio matutino. Andrés giró la cabeza con brusquedad: un joven motorista había perdido el control y se estrellaba violentamente contra varios coches aparcados. Los vecinos asomaban sus cabezas entre persianas y cortinas. Andrés, casi en trance, marcó el 112 Extremadura.
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En cuestión de minutos, la calle se llenó de luces y voces: ambulancia, policía, Cruz Roja. El motorista, consciente pero maltrecho, fue trasladado con urgencia. Pierna y brazo derecho fracturados. Dolor. Sangre. Gritos.
Ese mismo día, Andrés tenía cita con el psicólogo. Desde hacía semanas, una ansiedad muda le ahogaba, temía a la gente, al ruido, al caos del mundo. Pero lo que vio esa mañana —aquella escena que se le clavó como un aguijón en el pecho— lo desestabilizó aún más.
Al entrar a la consulta, su cuerpo no pudo más. Las palpitaciones le sacudieron, el pecho le ardía como si algo dentro quisiera escapar, y los músculos se le tensaron hasta dejarlo inmóvil. Cayó. Fue atendido de inmediato. Enfermeras y médicos actuaron con rapidez. Le salvaron. Lo estabilizaron.
Y entonces entendió. Que a veces, ver de cerca la fragilidad de otro ser humano es lo que te revela la tuya propia. Que mirar el dolor de frente es como mirarse en un espejo. Desde ese día, Andrés siguió adelante… no curado, pero sí consciente. Porque hay cicatrices invisibles que duelen más que las visibles, y porque incluso el miedo —cuando se comprende— puede ser el primer paso hacia la sanación.
Una semana después del accidente, el joven motorista —aún convaleciente, en silla de ruedas— se cruzó en el hospital con su inesperado salvador. La sala de espera se llenó de voces que lo rodeaban:
—¿Cómo estás, tío?
—¡Vaya golpe te diste!
—¿Duele mucho?
—¡Déjame firmarte la escayola!
Sonrisas, anécdotas, palmaditas en la espalda. A su alrededor, la compasión era casi festiva.
Andrés, en cambio, pasó desapercibido. Caminaba despacio, con esa mezcla de rigidez y agotamiento que arrastran los que sobreviven por dentro. A veces alguien lo reconocía:
—¿Qué tal, Andrés? ¿No te veíamos desde la baja?
—¡Joder, si estás de puta madre! ¡Tú eres un cuentista, eh! —decían riendo, como si la salud mental fuera un chiste que no merecía atención.
Andrés sonreía por fuera. Por dentro, se quebraba un poco más su alma.
Ocho meses después, volvieron a coincidir en el hospital. Al motorista le retiraron la escayola entre vítores. A Andrés, en cambio, le aumentaron la medicación “para que esté más tranquilo”, dijo el médico mientras miraba con dulzura al paciente.
Aquella tarde, al llegar a casa, Andrés se quitó los zapatos con parsimonia, se preparó un café y salió, como tantas otras veces, a su refugio: la terraza del séptimo piso. El horizonte seguía ahí, inmutable. Pero esa vez, una nube oscura —real o imaginaria— se posó sobre su cabeza.
Encendió un cigarro y lo fumó lentamente. En su mente, un pensamiento se clavó con frialdad:
“Si me tiro… entonces hablarán de mí. Entonces sabrán lo que me dolía el alma.”
Aplastó la colilla en el viejo cenicero verde, se subió al poyete con la misma calma con la que solía caminar… y saltó al vacío.
Al día siguiente, fue portada en las radios y periódicos locales:
“Vecino de Almendralejo fallece tras lanzarse desde un séptimo piso.”
La noticia corrió rápido. Pero, como siempre, la vida siguió. Pronto, nadie volvió a mencionar a Andrés.
Nadie… excepto su familia. Cada vez que visitan su tumba, repiten en silencio la misma pregunta:
“¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué nos dejaste?”
El motorista, al saberlo, se quedó en silencio, algo presentía, pero no sabía que era.
Nunca imaginó que aquel hombre al que apenas miró… le había salvado la vida aquella fría mañana.
Y nunca sabrá que, tal vez, un simple “gracias” podría haber salvado otra vida.
024. Línea de
atención a la conducta suicida
Gracias Feafes Salud Mental Almendralejo
“In memorian” a los
que nos han abandonado este año
Fdo: Fernando Sierra Elías



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