Historia de Anna ¿Un fantasma en San Marcos?
Verano de 1992, la familia De la Rosa Marín, llega a Almendralejo huyendo de sus miedos, buscando lo que pensaban sería la paz que tanto anhelaban. Arturo y su hijo Hugo se asentaron en una casa-chalet de la urbanización San Marcos, con la esperanza de dejar atrás las sombras que los habían seguido durante tanto tiempo.
Al principio, la calidez de los vecinos los envolvió, y su llegada parecía prometer una nueva vida, una de armonía y tranquilidad. Los días transcurrían sin sobresaltos, pero había algo que seguía acechando en sus corazones, un vacío que no se llenaba. Hugo, tan pequeño y tan vulnerable, arrastraba una pena profunda, pues meses antes había perdido a su madre, quien sucumbió a una enfermedad cruel y rápida. El dolor aún permanecía en sus ojos, aunque Arturo su papá hacía lo posible por ocultarlo.
Con el paso de los meses, Hugo comenzó a decir que veía cosas. Decía que veía sombras y figuras extrañas en la casa, y que sentía presencias que no podía explicar. Su padre, preocupado, le insistía una y otra vez que eso no era más que fruto de su imaginación, que los fantasmas no existían. Pero Arturo sabía que Hugo no estaba equivocado, porque aquel era el mismo terror que había llevado a su familia a abandonar su anterior hogar.
Algo los perseguía, algo invisible pero tangible, que se deslizaba entre las rendijas de la realidad, acechando a su hijo. Y con cada noche que pasaba, el peso de esa presencia crecía, como una nube negra que se cernía sobre ellos.
Arturo quedó paralizado. El horror le recorrió la espina dorsal. ¿Anna? ¿Qué cuidadora? Nunca habían tenido una tal Anna, ellos vivían solos. Durante un largo momento, la voz de Hugo fue la única que rompió el pesado silencio que se había apoderado de la habitación. Su mente intentó encontrar una explicación racional, pero no pudo. Algo no encajaba, y en lo más profundo de su ser, Arturo lo sabía. Algo o alguien había estado en su casa, algo que no estaba dispuesto a dejarles en paz.
Con la voz quebrada, Arturo miró a su hijo y, sin saber cómo
reaccionar, murmuró: "Hugo… tenemos que prepararnos para marcharnos de
aquí, pronto." Pero algo le decía que no importaba a dónde fueran, esa
oscuridad les seguiría. Porque las sombras no tienen fronteras. Y el fantasma
que los acechaba no se iba a rendir tan fácilmente.
Basada en la historia que me refirió
Joanna mientras tomaba un
café en el Obrador de Santiago
Por Fernando Sierra Elías



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